31/12/13

Querido dos mil trece

Te escribo esta carta para hablar contigo seriamente sobre estos trescientos sesenta y cinco días que hemos pasado juntos. He de decirte que me has dado más disgustos que alegrías, pero aun así, he salido vivo de esta dañina relación.

Durante toda nuestra relativamente breve relación, he tenido que pasar por suspensos, fruto de una gran desmotivación de cara al grado; vacaciones más cortas de lo previsto (mis vacaciones de verano solamente han durado un mes), y algún que otro disgusto más. Ni siquiera alegrías como el sobresaliente en el A1 de alemán, o la maravillosa gente que he conocido, han podido salvar esta nefasta primera mitad de año.

El verano, cómo no, se pasó rápido, más de lo normal, y llegó septiembre. Me propuse esforzarme más en mi cuarto y último año de carrera (algo normal, puesto que tengo dos asignaturas pendientes de tercero para el segundo cuatrimestre), para poder acabar limpio, y poder acceder al máster sin problemas. Y encontré de nuevo una motivación para seguir: decidí que quería dedicarme a la enseñanza de español como lengua extranjeros (o E/LE de forma abreviada).

Estos últimos meses han ido bastante bien. Las clases no se han hecho tan pesadas como el curso pasado y he conocido a más gente estupenda. Pero estaba claro que no te ibas a ir sin antes dejar algún regalo de despedida, y así lo hiciste: el examen del First Certificate a principios de diciembre (qué astuto eres al dejar las notas para el veintidós de enero y lavarte las manos)

Ahora, a treinta y uno de diciembre, te escribo estas líneas para despedirme definitivamente de ti. Así es, tú y yo no volveremos a encontrarnos nunca más, y a pesar de todos los disgustos que me has dado, voy a echarte de menos. Tan solo espero que tu hermano dos mil catorce se porte mejor conmigo que tú.

Un cordial saludo,

Javi Cebolla.

Valencia, a 31 de diciembre de 2013.